El fútbol argentino está de luto por la muerte de Ángel Norberto Coerezza, uno de los referentes del referato nacional. El histórico árbitro falleció en las últimas horas a los 92 años, según confirmó la Asociación Argentina de Árbitros que destacó su “enorme legado humano y profesional.

Debutó muy joven como árbitro y fue un hombre clave en esa función en nuestro fútbol durante los años 60 y 70. Ángel Norberto Coerezza fue un árbitro de referencia, respetado por sus conocimientos y por sus “actuaciones” en las canchas, inclusive en el plano internacional. Fue el primer árbitro argentino que llegó a dirigir en dos Mundiales: el inolvidable 70 en México y el 78 en la Argentina.
Al cerrarse su ciclo dentro del juego, siguió vinculado a la enseñanza del arbitraje y a la difusión de las reglas, en permanente cambio. Fue un importante docente, formador en la Escuela de Árbitros de numerosas camadas de profesionales, y se lo considera en esa tarea como el más importante sucesor de Macías y Juan José Álvarez.
También se volcó a otras actividades en la esfera privada y se recuerda su gestión en Relaciones Públicas de Adidas, con un staff que incluía a grandes figuras del deporte, como Amadeo Carrizo y Osvaldo Suárez, entre ellas. En esa función apoyó a deportistas de distintas disciplinas, concurrió a los Juegos Olímpicos y fue uno de los impulsores, junto a Suárez y Domingo Amaison, del Maratón Internacional de Buenos Aires que comenzó a disputarse en 1984.
Dejó un recuerdo imborrable entre todos los que lo conocieron y lo trataron, por su personalidad, su conducta y su compromiso profesional. Fundamentalmente, por el respeto que inspiraba.
Coerezza nació el 24 de octubre de 1933 en el barrio de Almagro. Perdió a su padre, Ángel Mario, cuando era muy chico —tenía 5 años—, y eso “nos obligó a mí y a mis tres hermanos a luchar por cada centavo. Fui verdulero, repartidor de varios comercios y vendedor ambulante de café y gaseosas en las canchas”.
Lamentamos comunicar el fallecimiento de Don Ángel Norberto Coerezza (92), emblema del arbitraje argentino. Mundialista, olímpico y formador incansable. Enorme legado humano y profesional.
QEPD 
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— Asociación Argentina de Árbitros (@aaaprensa) January 7, 2026
¿Cómo nació su vocación por dirigir? Contó que “yo, desde pibe, era muy lírico. Primero soñaba con ser uno de esos abogados que defienden a los pobres… y al final terminé dirigiendo en el fútbol, que también era algo propio de mi temperamento para imponer justicia. Como yo nunca llegaría a ser juez, arbitrar partidos igual me ayudó… También cuando era chico comprendí que como jugador de fútbol sería un fracaso. Por eso, a los 18 empecé a arbitrar partidos en las iglesias porteñas de San Francisco y San Carlos, y en los campeonatos infantiles Evita”.
Coerezza pudo completar sus estudios secundarios —se recibió de perito mercantil—, mientras que uno de sus tres hermanos se hizo sacerdote. “Yo no pude recibir los hábitos con él porque siempre fui muy casero, me gustaba estar al lado de mi madre y luego de mi esposa y mis hijos”, explicó. Coerezza practicó judo, lucha, básquet y boxeo antes de dedicarse al fútbol.
“A los 19 años me inscribí en la Escuela de Árbitros de la AFA y resulta muy grato recordar al director de ese momento, un caballero: Juan José Álvarez. Fue el personaje que recuerdo con más cariño. A los 23 debuté en la Primera División, en un partido entre Independiente y San Lorenzo”. Fue empate, 1-1.
Y así, año tras año, fecha tras fecha, Coerezza fue infaltable en el referato del fútbol argentino. Su nombre es inseparable de aquella historia de fines de los 50 y de casi todas las décadas del 60 y 70. Recuerdos que abarcan los grandes equipos, los grandes jugadores y los grandes partidos.
Allí estaba, por ejemplo, la semifinal del Metropolitano del 67, que representó un “partido bisagra” para la historia de Estudiantes. Perdía 1-3 ante Platense —dirigido por Ángel Labruna— y lo dio vuelta luego de que Coerezza sancionara el penal por el puntapié del arquero Hurst a Bilardo. El 4-3 de Estudiantes en el Viejo Gasómetro lo llevó hasta la final contra Racing, jugada tres días después y que ganó por 3-0, conquistando el primer título profesional de su historia e iniciando el glorioso ciclo que abarcaría tres Copas Libertadores y la Intercontinental del 68.
Coerezza también estuvo al frente de varios Superclásicos. Por ejemplo, cuando Boca y River se enfrentaron por primera vez en la Copa Libertadores, en marzo del 66. En la revancha, jugada en la Bombonera, ganó el local 2-0 con doblete del “Tanque” Alfredo Rojas y Coerezza expulsó a Zywica, volante visitante, cuando faltaban siete minutos. Una década más tarde participaría —pero como árbitro suplente— en otro juego histórico: la final del Nacional en cancha de Racing, donde Boca le ganó a River 1-0 con el tiro libre de Suñé.
También Coerezza estuvo en otro de los grandes festejos xeneizes, cuando Boca revirtió una desventaja inicial ante Rosario Central en el Monumental para ganarle 2-1 y llevarse el título del Nacional 70, su segundo consecutivo.
A Coerezza le tocó controlar los primeros choques entre Estudiantes y Racing por la Libertadores, a fines de los 60, verdaderas batallas. Cuando resolvían la semifinal del 68 tuvo que expulsar a cuatro jugadores: Basile y Chabay por la Academia, Aguirre Suárez y Togneri por los “Pinchas”. Por las normas de la época, los cuatro terminaron esa noche en la comisaría.
El 5 de julio de 1970, en la cancha de Banfield, se vivió una situación sin antecedentes en nuestro fútbol: la hinchada del local y también la de su rival, Chacarita, se unieron para ovacionar el ingreso del árbitro Ángel Coerezza.
Acababa de regresar del Mundial de México, donde fue el único representante argentino. Nuestra Selección no se había clasificado para aquella Copa, conquistada por Brasil, y se sentía la presencia de Coerezza como una “pequeña reivindicación”.
Dirigió dos partidos: en la primera ronda, el triunfo del local ante Bélgica por 1-0, y en los cuartos de final, un gran choque entre Inglaterra y Alemania Federal, que se cobró la revancha del Mundial 66 y ganó 3-2. Coerezza también estuvo como juez de línea en el juego URSS-El Salvador (2-0) y en la final, donde Pelé y sus compañeros brindaron una inolvidable exhibición para el 4-1 contra Italia, alcanzando el tricampeonato.
A su retorno al país, mientras volvía a dirigir en nuestra Primera División, también le daba lugar a otra de sus vocaciones: era el chef del Casino de Oficiales del Ejército. Entrevistado por la revista Siete Días, contó que “me quedé sin padre cuando era muy chico. Entonces, con mis tres hermanos ayudábamos a mi madre. En ese tiempo nació mi vocación por la gastronomía y la completé en los cursos de Brillat Savarin, una academia de cocineros. Allí estudié durante dos años y después fui a los cursos del Plaza Hotel”.
Coerezza volvió a dirigir un Mundial en 1978, en nuestro país: le tocó el partido inaugural, el empate entre Alemania y Polonia.
En la etapa posterior a su retiro como árbitro —que ejerció durante 24 temporadas— fue director de la Escuela de Árbitros durante 12 años, también jefe del predio de la AFA en Ezeiza por 14 temporadas e impulsor de la Dirección de Formación Arbitral en 2010. Pero varios años más tarde, la conducción del arbitraje, entonces a cargo de Horacio Elizondo, resolvió despedirlo, provocándole un intenso dolor. “Nunca esperaba vivir esta situación. Me siento muy mal. Fueron injustos conmigo. Nunca le hice juicio a la AFA y no merezco irme como un pordiosero”, contó en una entrevista con Clarín.
Coerezza cobra penal en un Estudiantes vs Platense.
“Me dolió y me sigue doliendo, porque me defraudó. Fue cuando Horacio Elizondo se desempeñaba como director de la Dirección de Arbitraje Nacional y en 2017 me despidió del cargo en la AFA. Lo que más me conmovió es que nunca me lo dijo en la cara. Algo parecido le ocurrió a mi gran amigo Miguel Scime. Correspondía haberme llamado y decirme: ‘Estoy cambiando de política, considero que estás viejo para el cargo’, y lo hubiera entendido. Éramos amigos y siempre colaboré hasta en sus problemas personales. No merecía un trato de semejante indiferencia. Espero encontrarlo algún día por la calle, antes de que me muera, y preguntarle cara a cara por qué actuó de esa manera. Hay desilusiones en la vida que afectan mucho y no se olvidan jamás”.
Fue un permanente difusor de las reglas del juego, escribió columnas en Clarín y en 2006 editó, junto al profesor Ernesto Binda, el libro Las reglas del juego para todos, obra esencial para comprender el juego y que abarcaba la última actualización de la FIFA.
Siempre resaltaba a árbitros como su maestro, Juan José Álvarez, y al uruguayo José María Codesal. Opinó: “Creo que en el arbitraje, como en las demás profesiones, están el arte y la ciencia. El primero se tiene, lo segundo se logra. Roberto Goycochea, en mi generación, fue el árbitro más dotado, un artista del arbitraje. Yo, en cambio, me defino más como científico. Tuve que aprender y leer mucho para capacitarme y llegar hasta donde llegué”.
Entre las numerosas distinciones que recibió figura el premio a su trayectoria, otorgado por el Comité Olímpico Argentino, que destacó “su campaña ejemplar como árbitro deportivo”. Allí expresó que “no me premiaron solamente a mí como símbolo del arbitraje, sino que lo siento como un reconocimiento para los jueces de todos los deportes, muchos de ellos amateurs, que no son conocidos y cumplen esa labor fundamental”.
A lo largo de toda su trayectoria siempre resaltó que la virtud fundamental para el arbitraje es la honestidad: “Es una virtud fundamental en un juez, pero también en el hombre. Mi madre nos enseñó siempre a ser honestos y a compartir con la comunidad lo que nos sobre. Eso es hacer de la honestidad un apostolado”.
Árbitros argentinos en Mundiales
Los árbitros argentinos tuvieron presencia desde el primer Mundial, en Uruguay (1930) cuando dirigió el legendario José Bartolomé Macías. Pero pasaron 28 años hasta que otro estuvo en un Mundial (Suecia): Juan Brozzi.
Angel Coerezza fue el primer árbitro argentino que dirigió en dos Mundiales (1970 y 1978). Lo “igualó” Néstor Pitana, quien dirigió en Brasil 2014 y 2018, aquí con el privilegio de dirigir la final entre Francia y Croacia. También Horacio Elizondo dirigió una final, en Alemania 2006, entre Italia y Francia. Allí, además, había dirigido el partido inaugural.
Las tarjetas
Hace más de medio siglo, durante el Mundial 70 en México dónde dirigió Coerezza, se establecieron las tarjetas amarilla y roja para las faltas en los partidos. Un sistema que se mantiene hasta hoy.
Coerezza contó cómo la FIFA decidió esa medida, que tuvo su origen después de aquel célebre partido entre Inglaterra y Argentina en Wembley, por los cuartos de final del Mundial 66.
“La expulsión de Antonio Rattin produjo un cambio importante en el arbitraje. partido lo dirigió el alemán Rudolf Kreitlein, un hombre muy simple (sastre de profesión), de un pueblo de las afueras de su país. Se desempeñaba en ligas menores, pero era tan bueno, tan correcto y tan creíble, que ingresó a la Bundesliga. Claramente hubo una maniobra con la designación de jueces para los cuartos de final, porque tanto Uruguay como Argentina eran buenas selecciones y podrían traer problemas a los “candidatos”. Por eso el inglés Jim Finney dirigió Alemania 4–Uruguay 0, con dos expulsados en los “celestes” y el alemán Kreitlein lo hizo en Inglaterra 1 – Argentina 0. También es cierto que nuestro equipo, en lugar de hacer frente a la adversidad de ese extraño sorteo, salió a dar patadas y a proponer un juego brusco. Por ese motivo y para ser sincero, Argentina tendría que haber tenidos dos expulsados en los primeros diez minutos. Cuando le indicó a Rattín que debía retirarse, porque en ese tiempo no existían las tarjetas, éste lo prepoteó y se armó una discusión que demoró diez minutos el partido». Rattin pedía un traductor, aduciendo que no entendía la orden del juez. Luego se retiró y sorprendió al sentarse en la alfombra roja dispuesta para la reina Isabel II.
Y agregó: «Sir Stanley Rous era el Presidente de FIFA en esos momentos y tenía como mano derecha a Ken Aston, un exárbitro. Este hombre un día estaba manejando por las calles de Londres y al detenerse en una esquina, se dio cuenta que ahí podía estar la llave para universalizar la comunicación de los jueces con los futbolistas, aunque hablaran distintas lenguas: los colores del semáforo. Razonó que si todo el mundo sabía que el amarillo era estar atento y el rojo infracción, entonces podía servir como solución del problema idiomático que se había suscitado entre Kreitlein y Rattín en 1966. Elevó su propuesta para que se utilizaran tres tarjetas con esos colores, pero la FIFA decidió que solo sean dos. Llegó el mundial de 1970, donde tuve la suerte de concurrir, y antes de comenzar el torneo nos reunieron a los árbitros, a sus instructores, los inspectores, los jefes de delegación y a los capitanes de todas las selecciones, en la Universidad Autónoma de México, para informarnos algo que ahora resulta obvio, pero que en ese momento fue una novedad: la entrada en vigencia de las tarjeta amarilla y roja. Dio buen resultado porque en esa Copa no hubo ningún expulsado”.
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